viernes, 1 de enero de 2016

De la Calidad de la Educación a la Innovación Continua: La Nueva Ventaja Competitiva de los Países en el Siglo 21.

Argentina no se destaca por ser un país innovador. No compite en los mercados con productos y servicios de gran valor agregado. La oferta Argentina es mayoritaria en productos genéricos, con muy poca diferenciación de los competidores, por eso se ve afectado el valor de los retornos de las exportaciones con los cambios en la economía global. Aunque hay industrias excepcionales, como la empresa estatal INVAP, que desarrolla productos de alta tecnología, y BioSidus, entre las empresas privadas en biotecnología, por nombrar algunos casos sobresalientes.
Tampoco Argentina sobresale por la calidad de sus emprendimientos, en cuanto a diferenciación, creatividad y nivel de competitividad, por más que se difunda -y nos creamos- que somos emprendedores y que pasamos el tiempo buscando oportunidades y desarrollando soluciones distintivas. En general, somos simples imitadores, o replicamos -como en el caso de la mayoría de las empresas- productos, servicios y procesos, ideados en otros países que sí compiten con innovación y consiguen un retorno importante en valor agregado.
La conclusión de que Argentina no es innovadora está sustentada en estudios sectoriales y por el número de publicaciones frecuentes de material científico en medios especializados,  hechas por investigadores residentes en el país. También es concluyente de la baja innovación, el resultado de comparar el número de patentes solicitadas a nivel internacional por residentes en Argentina. Según la OMPI (Organismo Internacional de PI), Argentina presentó, en 2014, 33 solicitudes de patentes, obteniendo la posición 57 a nivel mundial; después de Brasil, con el puesto 25 (581 solicitudes) y Chile, en la posición 40 (144 solicitudes). La lista la encabezan China, que presentó 928.000 solicitudes, y EEUU con 579.000 pedidos de patentes, consiguiendo las posiciones 1 y 2, respectivamente. En el Índice Mundial de Innovación 2015, elaborado por la OMPI, Universidad de Cornell y el INSEAD, Argentina ocupa el puesto 49, entre 141 países, superándola Chile, México, Uruguay y Brasil.
Para ser un país innovador - proceso que no es fácil por más que todos hablen de la necesidad de innovar - la solución está en comenzar mejorando, genéticamente, "la semilla de la educación", por usar una metáfora. Este es el punto de partida, no hay otro. Este es el punto de partida, no hay otro. Necesariamente hay que provocar un cambio rotundo en la educación, que nos haga penetrar con fuerzas en el siglo 21. Será necesario ejecutar políticas públicas conducidas por especialistas en pedagogía y - aunque parezca obvio - que tengan una visión global de las diferentes experiencias en educación. Porque en el mundo, en EEUU, Finlandia, Corea del Sur, y otros países, se están experimentando nuevos métodos educativos sostenidos por el Estado, los estudiantes, los profesores, los padres y el sector privado. Pero nosotros, ¿qué hacemos? Generalmente, en los sucesivos gobiernos, se pone al frente del Ministerio de Educación, nacional o provincial, a personas que no tienen la capacitación suficiente y necesaria para tener una visión estratégica del problema. Y el gobierno no recapacita si el conductor de la educación tiene los suficientes conocimientos y conoce lo que funciona en otros países, o estudió sobre lo que pueden aportar otros métodos emergentes, donde el enfoque está en que el niño, desde que ingresa al sistema educativo, aprenda con el nuevo paradigma, acorde con las nuevas tecnologías de enseñanza. Se lo guíe al estudiante para que aprenda a desarrollar la creatividad y se lo motive en construir experiencias que le abran la mente para resolver problemas; y se involucre en buscar nuevas ideas y soluciones con juegos y estimuladores de la creatividad, en un entorno entretenido. Y al educador - además de un salario que lo incentive - capacitarlo y motivarlo para el estudio continuo, y adoptar nuevas formas de educar más grupal y participativa, menos castigadora y más liberadora, con el apoyo de las nuevas tecnologías y programas en línea por Internet, como ayuda pedagógica. Porque lo que importa no es la enseñanza, sino el aprendizaje. (¿Cuántos educadores conocen y han utilizado como ayuda es.khanacademy.org?). 
Naturalmente, también los padres, actores primordiales de la buena educación y del desarrollo cultural del niño; que deberían acompañar al maestro y no agredirlo. En Argentina, los padres tienen que estar preparados para entender que sin educación sus hijos estarán a la deriva, errantes en lo laboral, reproduciendo pobreza en los sectores más indefensos. Hay que abrir un dialogo entre el sistema educativo y los padres; una especie de Secretaría que atienda las inquietudes, problemas y falencias de los padres. (Claro que el problema es más complejo y con más razón en los sectores más pobres y frustrados. Pero para buscar las soluciones están los especialistas, yo aporto puntos de vistas) Por todo lo complejo que es este tema y lo valioso para el país, al frente de la administración de la educación tiene que haber un equipo multidisciplinario de especialistas  con un conductor capacitado en pedagogía. ¿No se le debería administrar a esta persona una prueba curricular exigente, donde se evalúe su experiencia en educación y sus capacidades y conocimientos, además de su empatía para comunicarse y liderar, para hacer bien su trabajo? ¿El grado de conexión que tiene con el mundo actual, y el futuro inmediato, de la educación y las tendencias? ¿Por qué una empresa privada exige que su gerente sea una persona idónea y en el Estado no se aplican similares exigencias, para que el Estado demuestre que puede hacer muy bien su gestión en un sector tan importante y sensible como es el de la educación y conseguir así una buena evaluación de los ciudadanos?
En Argentina hay consenso sobre la importancia de la educación pública, sin embargo la desigualdad de la educación se ve en la percepción de la calidad que tienen los padres: 8 de cada 10 niños son matriculados en instituciones privadas, según últimos datos del Ministerio de Educación de la Nación. Esto después se refleja en la calidad de la prueba PISA donde Argentina no sale bien valorada. Un invento de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que no ayuda mucho para conseguir mejoras en la educación, ya que el método PISA funciona mejor y es más equitativo cuando las matrículas están equilibradas entre educación privada y pública. Observando, por ejemplo, la educación pre-escolar y primaria de EEUU y Finlandia, vemos una muy buena educación pública gratuita, donde la privada tiene que buscar sus candidatos con grandes esfuerzos en marketing. (Esa imagen del pasado de la excelente educación pública en Argentina, tiene que regresar y debería ser una meta de cualquier gobierno.)
Y es en la educación, y en todos los procesos pedagógicos involucrados, donde radica la fuente del conocimiento y la creatividad, donde se definirá nuestro ADN innovador, con un país más igualitario, que nos impulsará a buscar nuestro perfil productivo definido por aquellas competencias que nos distinguen. Algo que ya está sucediendo en la industria cultural, con excepción del turismo que tiene un bajo perfil innovador; que no se esfuerza por crear una oferta que sea diferenciadora, cambiando la forma de pensar las ideas. En lo cultural y, por extensión, lo que se manifiesta en la industria editorial, la música, el cine y otras categoría audiovisuales, entre otros sectores, donde con la colaboración del Estado, y por impulso de la realidad y las circunstancias, fuimos construyendo una industria cultural muy competitiva y sobresaliente en el mundo, sobrada en talento, con un importante aporte al desarrollo económico. Pero que todavía no es suficientemente fuerte porque, necesariamente, está vinculada como un todo al resto del sistema productivo argentino, que está ralentizado por políticas equivocadas o intereses que van en contramano de lo que necesitamos como país. Es aquí donde está el centro del problema porque hasta ahora ni el Estado ni el sector privado tienen la visión estratégica, ni se ponen de acuerdo en lo que podemos ser como país para no caer en el desarrollo de productos y servicios redundantes que otros países hacen mejor. Y terminemos recurriendo a un dólar alto, para ser más baratos que los competidores. 
En los hechos, Argentina no desarrolla innovación relevante ni siquiera en aquellos sectores donde debería destacarse porque cuenta con fortalezas comparativas y competencias sobresalientes, como es el caso -hablando en forma general, porque hay excepciones- de la agricultura, la agro-industria, la producción de alimentos y el turismo. Se reconoce que el Estado, en los últimos años, aplicó políticas públicas correctas con incentivos, capacitación y un programa de retorno de científicos y técnicos, a través del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la República Argentina. Sin embargo, esa gestión pública fue poco estimulada por el sector privado, en especial por las empresas, que naturalmente pretenden hacer menos y conseguir más. Incluso, la concentración de empresas que se observa en Argentina, deja poco espacio para el movimiento de acciones innovadoras y un mejor desempeño de las PYMES, a partir del impulso a la innovación y a la diversificación productiva. En países donde se preserva el equilibrio de la competencia en el mercado, se observa que los proyectos innovadores que disparan una disrupción, que terminan cambiando un paradigma y las reglas del mercado, surgen en pequeños emprendimientos que después, cuando la idea es aceptada, crecen rápidamente a partir de la inversión privada, como fue el caso de Apple, Facebook, Amazone, Mercado Libre, Despegar.com, por nombrar unos pocos. Seguramente este fenómeno se repetirá en la próxima ola innovadora y de nuevas tecnologías, que nos sorprenderá en el futuro cercano y que se puede visionar a través de las patentes presentadas y publicaciones en medios científicos. Tecnologías emergentes que tendrán que ver con la nanotecnología, la biotecnología, las neurociencias, y todo los que se relacione con los avances en nuevos materiales y en la Inteligencia Artificial (IA), las ciencias de la computación y la robótica, con nuevas máquinas colaborativas (o rebeldes), como se ven en tantas películas de Ciencia Ficción, algunas basadas en los escritores futuristas Isaac Asimov y Philip K. Dick: Blade Runner, El Vengador del Futuro, Terminator, 2001-Odisea del Espacio, Matrix, Yo, Robot. Como dato inquietante, los grandes pensadores de la ciencia en IA (Movimiento Transhumanista), donde sobresale en este tema Raymond Kurzweil: www.kurzweilai.net (libro:La era de las máquinas espirituales), pronostican que en unos 30 a 40 años llegaremos a la "singularidad tecnológica", ese concepto hipotético de acontecimiento futuro donde, con el aprendizaje continuo y automático de la "inteligencia", las computadoras sobrepasarían al hombre. La IA se reproduciría e incrementaría exponencialmente, como ahora se incrementa, cada 18 meses, un simple procesador de computadora siguiendo la "ley de Moore", de unos de los fundadores de Intel.
¿Cómo está parada Argentina en todo ese avance que día a día se está manifestando en las ciencias y en las nuevas tecnologías y que nos sorprenden? ¿Tenemos que conformarnos a mirar y dejar pasar, o entramos a ser protagonistas en innovar en aquello que hacemos mejor? 
La respuesta del crecimiento económico de Argentina está en la productividad y en la innovación continua, con el desarrollo de nuevos productos con alto valor agregado. Con un modelo educativo de calidad superior, siguiendo las tendencias que favorecen el desarrollo humano y la creatividad.

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